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miércoles, 4 de agosto de 2010

La diferencia entre un amigo y un amigo venezolano


Un amigo es alguien que nunca te pide comida…
Un amigo Venezolano es la razón por la que organizas una comida.
Un amigo te pregunta cómo estás…
Un amigo Venezolano te dice que te ves bien, te abraza y te besa.
Un amigo llama a tus padres señor y señora…
Un amigo Venezolano llama a tus padres “mi viejo” y “mi vieja…”.
Un amigo puede que nunca te haya visto llorar…
Un amigo Venezolano ha llorado contigo, por cualquier cosa.
Un amigo te manda flores y una tarjeta cuando estás internado en el hospital.
Un amigo Venezolano se queda a dormir en una silla, a tu lado.
Un amigo te pide algo prestado y te lo devuelve a los dos días…
Un amigo Venezolano te pide algo prestado y a la semana se olvida que no es suyo.
Un amigo te ofrece el sofá para que duermas.
Un amigo Venezolano te brinda su cama, se acuesta en el suelo... y no te deja dormir en toda la jodida noche conversando contigo.
Un amigo sabe unas cuantas cosas acerca de ti…
Un amigo Venezolano podría escribir un libro con las cosas que le has contado de ti.
Un amigo te lleva 'Sinutap' cuando estás resfriado.
Un amigo Venezolano te hace una sopa de pollo y los remedios que le enseñó su abuela. Y puede que hasta te haga 'el avión' con la cuchara, para que te tomes la sopa.
Un amigo toca a tu puerta para que le abras…
Un amigo Venezolano abre la puerta, entra y después te dice: ¡Llegué!
Un amigo te pide que le hagas un café.
Un amigo Venezolano pasa a la cocina y monta la cafetera y hasta le pide azúcar a una vecina si no tienes.
Un amigo puede serlo por un tiempo…
Un amigo Venezolano es para toda la vida.
Un amigo ignoraria este correo...
Un amigo Venezolano se lo pasará a todos sus amigos pues se ¡siente orgulloso de ser venezolano!

Martí

Ayudar al que lo necesita
no sólo es parte del deber,
sino de la felicidad.

José Martí

Mientras más, ¿más?


Por: Antonio Cova Maduro - antave38@yahoo.com - Por donde usted vaya y hacia donde mire aparece chocante una imagen: el país a la deriva. El pasado martes 27 de julio, el psicólogo Ángel Oropeza propuso, en el programa matutino que por la 99.9 FM de Caracas conduce César Miguel Rondón, una idea que vale la pena considerar. Según lo que se desprendía de su declaración, un régimen como el de Chávez, que mantiene una vocación de control total y de hacerse omnipresente en todos los ámbitos de la vida del país, justamente mientras más tiempo pasa, más redes logra establecer y con ello -tal era la inferencia- sus posibilidades de control de la población aumentan. De buenas a primera esa idea luce dura de tragar, y no sólo por lo repugnante que le resulta a vastos sectores de la población, sino porque va a contrapelo de una idea adquirida que resulta difícil de obviar: que el tiempo más bien juega contra la aceptación de un régimen. El tiempo desgasta, no consolida, parecería ser el dictamen que siempre ha propuesto la ciencia política. Es obvio, sin embargo, que la propuesta de Oropeza no puede ser dejada de lado con ligereza. No sin antes examinar lo que estaría suponiendo esa idea. En efecto, un régimen como este, que pretende cambiar radicalmente la vida de los venezolanos, el ámbito, el hábitat donde esa vida se mueve, necesita desesperadamente consolidar un amasijo de redes sociales que le den soporte. Mucho más cuando, a contrapelo de lo que siempre ha propuesto el marxismo, este régimen no tiene base de sustentación. No es de la clase obrera, tampoco del campesinado y lo único que ha hecho es destruir las organizaciones a través de las que esos estratos sociales alguna vez se expresaron. Al carecer de base, el régimen se ha dedicado -a ratos afanosamente- a creárselas… ¡como si eso fuese posible! Primero, recordemos, se inventó unos tales “Círculos Bolivarianos” que jamás llegaron a salir del cascarón. Luego, al recibir la sonora derrota de diciembre de 2007, de la cabeza afiebrada de Chávez salieron unos tales “Consejos Comunales”. El tiempo ha mostrado que no son otra cosa que un dispendio de recursos sin resultado alguno. Son como las máquinas “traganíqueles” de los casinos. Por donde usted vaya, pasan los años, y el régimen no logra construirse base real de sustentación alguna, nadie que le defienda en la calle y sí muchos que le acosen pidiendo plata. Para la gente, el Gobierno no pasa de ser el que distribuye los escasos reales que todavía llegan a la comarca, y todos sienten que, ya que “el que no llora, no mama”, eso y no otra cosa es lo que hay que hacer. Por doquier y a toda hora. Si esto es así, se podría argumentar que el régimen, por lo menos “habría podido establecer unas redes para la distribución de los churupos y de los beneficios que siempre proporciona el pegarse a la teta del gobierno”. Cuando uno examina esta posibilidad a la luz del escándalo Pudreval, los hechos parecieran indicar que nunca se logró ninguna atadura entre el Estado-Don Regalón y su clientela. Tanto así, que ha sido justamente la clientela la que anda tras de cualquier hediondez, ¡para publicitarla! Pudreval ha mostrado, y de la manera más fehaciente, que el régimen ha sido una fenomenal torta organizacional. El cuento que muchos se tragaron -los opositores en primera fila- acerca de cómo se estaba estructurando un aparato muy bien armado para la llegada al pueblo y el control de toda actividad en el país, la hediondez de Pudreval lo desmiente de la manera más contundente que imaginarse pueda. Lo que sí parece irse delineando a medida que pasa el tiempo es un fenómeno absolutamente inesperado y realmente novedoso: una dictadura en proceso de instalación, que ¡no gobierna! En efecto, por donde usted vaya y hacia donde mire aparece chocante una imagen: el país a la deriva. La infraestructura física deshecha, sus escasas instituciones sobrevivientes deshilachadas y el mundo de la salud, educación y servicios públicos por el suelo. Algunos, como el Metro de Caracas, ni por el subsuelo. El régimen, para su propio espanto, recula sin cesar y abandona los espacios reales de significación para la gente. El caso de la Colonia Tovar dejada a la deriva es emblemático. El régimen, en una palabra, ¡ha dejado de gobernar!, para dedicarse por entero, a ladrar; sin captar que, para la gente, “perro que ladra, no muerde”. Sin gobierno, no hay dictadura posible; pero tampoco hay beneficiarios. Sin gobierno todo se afloja y se apresta para el colapso. Y cuando eso se haga rotundamente claro, comenzará la cuenta regresiva.